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18 de septiembre de 2003

Irak y la panacea de la ONU

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por Ted Galen Carpenter

Ted Galen Carpenter es vicepresidente de Estudios de Defensa y Política Exterior del Cato Institute y autor o editor de 16 libros sobre asuntos internacionales, incluyendo Bad Neighbor Policy: Washington's Futile War on Drugs in Latin America (Cato Institute, 2002).

Los críticos extranjeros y domésticos de la política estadounidense en Irak han venido instando a la administración Bush durante meses a ceder el papel protagónico a las Naciones Unidas. Estados Unidos parece ahora estar dispuesto a solicitar una nueva resolución del Consejo de Seguridad que le daría más autoridad a la ONU. Sin embargo, los cambios contemplados son muy limitados como para aplacar las críticas. El último cambio de política de Washington muy probablemente fracasará en múltiples niveles. ¿Qué funcionaría? Retirar las tropas estadounidenses y permitirle a los iraquíes moldear su propio destino.

Aunque Estados Unidos aparenta tener intenciones de darle a las Naciones Unidas un papel más prominente en las operaciones de seguridad, Washington no está dispuesto a ceder el control sobre el proceso de transformación político y la reconstrucción económica de Irak. Con toda certeza las tropas estadounidenses permanecerán bajo un comando norteamericano. Y muy probablemente será una autoridad estadounidense la que permanezca a cargo del esfuerzo civil de reconstrucción.

La administración Bush pareciera apuntar a crear una fachada de la ONU por lo que resta de la misión estadounidense. Washington espera que al crear al menos la ilusión de un papel importante de la ONU, otros países contribuirán tropas y recursos financieros. Ese motivo es entendible. Se ha vuelto dolorosamente claro que las 140.000 tropas estadounidenses estacionadas en Irak son insuficientes para mantener un ambiente estable de seguridad. Y la misión iraquí se está volviendo bastante cara. Solamente las operaciones militares están costando casi $4.000 millones al mes, y L. Paul Bremer, el administrador civil en jefe, estima que reconstruir Irak costará "muchas decenas de miles de millones de dólares".

Así que no resulta sorprendente que Estados Unidos quiera que otros países carguen con esas responsabilidades. No obstante, numerosos gobiernos han rechazado las solicitudes de Washington por ayuda, al sostener que no pueden participar sin que haya un mandato más fuerte de la ONU. Es importante señalar que países como Alemania, Turquía, Pakistán e India-los cuales han sido cabildeados intensamente por Estados Unidos en búsqueda de ayuda-cuentan con poblaciones que se oponen abrumadoramente a la presencia norteamericana en Irak, y los gobiernos de esos países tienen que tomar eso en cuenta.

En cualquier caso, pocas naciones están haciendo un esfuerzo por ayudar a Estados Unidos. Muy probablemente eso no cambie simplemente porque Washington está dispuesto a darle un papel más importante a las Naciones Unidas. La mayoría de los costos y riesgos serán de Estados Unidos hasta el tanto ese país tenga tropas en Irak.

Además, aún si Washington cede el papel protagónico a las Naciones Unidas, no resolvería un problema fundamental: Entre más permanezcan las fuerzas estadounidenses en Irak, más será visto Estados Unidos como un ocupador que como un liberador. Los ataques dirigidos contra estadounidenses y otros objetivos muy probablemente aumentarán. Y tal como lo confirma el ataque contra los cuarteles de la ONU, los insurgentes no están haciendo distinciones entre Estados Unidos y aquellos que asisten a los norteamericanos.

Lo que se necesita es una estrategia de salida. Las autoridades estadounidenses deben acelerar la transferencia de poder a un gobierno interino iraquí. Si un papel más predominante de la ONU facilita esa estrategia de salida, bien. Si impide esa salida rápida, entonces Washington debería resistir una mayor participación del ente mundial. El objetivo en cualquier caso debería ser el de sacar a las tropas estadounidenses de Irak tan pronto como sea posible y permitirle al pueblo iraquí determinar su propio destino. No debemos permitir que un debate mucho menos importante sobre el alcance del papel de la ONU nos distraiga de ese objetivo fundamental.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.