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18 de julio de 2003

¿Por qué Irak no usó armas de destrucción masiva?

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por Ted Galen Carpenter

Ted Galen Carpenter es vicepresidente de Estudios de Defensa y Política Exterior del Cato Institute y autor o editor de 16 libros sobre asuntos internacionales, incluyendo Bad Neighbor Policy: Washington's Futile War on Drugs in Latin America (Cato Institute, 2002).

Mientras que las tropas estadounidenses continúan en búsqueda de evidencia del supuesto arsenal químico y biológico de Irak, una pregunta importante necesita ser contestada: ¿Por qué Irak no usó esas armas contra las fuerzas invasoras de la coalición? El que esas armas no fueran usadas fue una de las más grandes (y la más placentera) sorpresas de la guerra.

Hay cuatro posibles explicaciones:

El régimen de Saddam Hussein tenía las armas pero se abstuvo de utilizarlas.

Aunque es una posibilidad, es bastante remota. El gobierno iraquí no mostró tal prudencia durante su guerra con Irán en los ochenta, al usar armas químicas contra tropas iraníes y civiles curdos que Bagdad sospechaba que ayudaban a Teherán. Sería demasiado crédulo suponer que el régimen de Saddam hubiera respetado el derecho internacional esta vez, especialmente cuando no tenía nada que perder y su régimen enfrentaba ser derrocado de todas formas. Saddam no tenía nada que perder con atacar con dichas armas a las fuerzas de la coalición.

El sistema de comando y control iraquí colapsó tan rápido que las armas no pudieron ser utilizadas.

Esta explicación también parece improbable. Aunque la victoria de las fuerzas estadounidenses y británicas fue rápida, no lo fue tanto. La guerra duró por tres semanas y las unidades iraquíes brindaron una resistencia creíble con fuerzas convencionales. Además, Bagdad tuvo meses para prepararse para un asalto norteamericano. Eso parece ser más que suficiente tiempo para preparar ataques con armas no convencionales.

Irak ya no contaba con armas químicas y biológicas. Éstas fueron destruidas en los noventa.

Esta fue, de hecho, la posición oficial de Bagdad en los meses que precedieron a la guerra. La mayoría de los expertos descartaron esa posibilidad. Sin embargo, la abstinencia del uso durante el conflicto aumenta la credibilidad de dicha explicación. Si Saddam Hussein ordenó la destrucción de su arsenal químico y biológico con la esperanza de que tal cooperación con las demandas de las Naciones Unidas le permitiría permanecer en el poder, obviamente cometió un error de cálculo. Pero si los inspectores estadounidenses continúan siendo incapaces de localizar el supuesto arsenal, esta explicación no puede ser descartada.

En un acto final de venganza, Saddam le transfirió las armas a al Qaeda y a otros grupos terroristas.

Esta es la posibilidad más escalofriante. También sería amargamente irónica. La principal razón de la administración Bush para la campaña por derrocar a Saddam fue que Irak poseía armas de destrucción masiva y que las podía transferir a terroristas. Pero el director de la CIA, George Tenet, admitió en septiembre del 2002 que Irak contaría con muy pocos incentivos bajos las circunstancias normales para tomar una acción tan temeraria. Tenet además admitió que, si Estados Unidos atacara Irak, todas las apuestas se cancelarían. ¿Crearon las autoridades estadounidenses una profecía que se cumple a sí misma al derrocar al régimen de Saddam Hussein? Con nada que perder, ¿puso Saddam en movimiento los acontecimientos que provocarán una terrible venganza sobre aquellos que lo derrotaron en una guerra convencional? Esto no lo podremos saber en meses o años, pero esta explicación posee una lógica horripilante.

Si la tercera o cuarta explicación resulta ser cierta, son malas noticias para la administración Bush y para todos los estadounidenses. Si Irak ya no poseía armas químicas y biológicas, la principal justificación para la guerra fue errónea, miles de personas murieron innecesariamente, y la reputación de Estados Unidos sufrirá un serio revés a través del mundo. Inversamente, si Bagdad sí tenía tales armas y se las transfirió a organizaciones extremistas, la represalia por la victoria militar en Irak podría ser más atroz de lo que quisiéramos considerar.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.