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23 de abril de 2003

La estrategia de salida en Irak

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por Ted Galen Carpenter

Ted Galen Carpenter es vicepresidente de Estudios de Defensa y Política Exterior del Cato Institute y autor o editor de 16 libros sobre asuntos internacionales, incluyendo Bad Neighbor Policy: Washington's Futile War on Drugs in Latin America (Cato Institute, 2002).

En su reciente cumbre en Irlanda del Norte, el presidente estadounidense George W. Bush y el primer ministro británico Tony Blair prometieron que las Naciones Unidas jugarán un "papel vital" en el Irak post-guerra. Eso es un error. El papel de la ONU en Irak debería ser limitado a la distribución de ayuda humanitaria. Las decisiones sobre la transición política de ese país deben permanecer en manos de las autoridades estadounidenses y británicas.

Otros miembros de la comunidad de política exterior estadounidense han llegado a la misma conclusión, pero por razones sumamente equivocadas. Algunos afirman que Estados Unidos y Gran Bretaña se han "ganado" el derecho a gobernar Irak durante el período de transición como virtud por su victoria militar. Sin embargo, esa es la lógica de la conquista, y los líderes de la coalición insisten que ellos llegaron a Irak como liberadores, no conquistadores.

Otros líderes de opinión norteamericanos que abogan por limitar o excluir a las Naciones Unidas lo quieren hacer como una forma de castigo hacia el organismo mundial y los miembros del Consejo de Seguridad que se negaron a darle a Washington una resolución que autorizara el uso de la fuerza contra Irak. Dichos proponentes de la venganza quieren humillar a Francia, Alemania y Rusia por su obstinación. Pero ese camino sería mezquino y contraproducente. Estados Unidos debería estar buscando maneras de reparar sus dañadas relaciones con las otras grandes potencias, y no tratando de envenenar aún más tales relaciones.

La razón más sensata para marginar el papel de la ONU en el Irak post-guerra es la de maximizar las perspectivas para una retirada expedita de Estados Unidos en ese país. Si las Naciones Unidas se convierte en un actor importante, estaríamos añadiendo una parte con su propia agenda—y esa muy probablemente será la de una larga misión de reconstrucción del país.

Lo último que necesita Estados Unidos es verse envuelto en un esfuerzo prolongado de tratar de hacer de Irak un modelo de democracia. El objetivo de Washington debería ser entregarle Irak a los iraquíes tan pronto como sea posible y retirar sus tropas aún cuando el resultado político no sea enteramente de nuestro gusto. Entre más tiempo permanezcan las fuerzas estadounidenses en Irak, más será el grado de sospecha que habrá en el mundo islámico de que el propósito de Washington es una conquista, ocupación y explotación imperiales. Estados Unidos ya cuenta de por sí con un gran problema de percepción dentro de las poblaciones musulmanas sin el peso de esa imagen.

Algunos defensores de un papel más amplio para las Naciones Unidas señalan que éste neutralizaría las sospechas de imperialismo estadounidense. Tal creencia es ingenua. Una bandera multilateral no apagaría el odio islámico—especialmente si la ocupación resulta en una aventura prolongada. Cualquiera que sea la realidad de la estructura de toma de decisiones en el Irak ocupado, los musulmanes alrededor del mundo verán a Washington y a Londres como los poderes controladores.

Solo una salida rápida de las fuerzas estadounidenses y británicas y la disposición a entregarle el control político total a los iraquíes reduciría las sospechas musulmanas. Y alcanzar el objetivo de una pronta transición política y el retiro militar será mucho más sencillo si las Naciones Unidas no están en la posición de complicar el asunto.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.