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13 de marzo de 2002

Salven a las fincas, eliminen los subsidios

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por Chris Edwards y Tad DeHaven

Chris Edwards es Director de Estudios de Política Fiscal de Cato Institute.

Ted DeHaven es investigador de política fiscal para el Cato Institute.

"Esta nación tiene que comer", dijo hace poco el presidente Bush, en un discurso apoyando el subsidio de US $170 mil millones para fincas que propuso al Congreso. En el nuevo presupuesto federal, se le cita a Bush diciendo que "nuestros granjeros y finqueros son los productores más eficientes del mundo... somos realmente buenos".

Entonces, ¿es realmente necesario que se subsidie una industria tan eficiente? ¿Necesitamos los norteamericanos de subsidios a las fincas para poder comer?

Evidencia de Nueva Zelanda indica que la respuesta a ambas preguntas es un enfático "no". En 1984 el gobierno laborista de Nueva Zelanda tomó el paso dramático de terminar todos los subsidios al sector en cuestión, que consistía entonces de treinta incentivos a exportaciones y pagos de producción distintos. Esta acción fue verdaderamente sorprendente, puesto que la economía neocelandesa depende de la agricultura unas cinco veces más que la estadounidense, medido tanto por el producto como por el empleo que genera. Los subsidios en la isla representaban más del 30 por ciento del valor de la producción antes de la reforma, un nivel moderadamente más alto que el de Estados Unidos hoy. Además, la agricultura neocelandesa estaba estropeada por los mismos problemas causados por los subsidios de EE.UU., incluyendo sobreproducción, destrucción ambiental y precios inflados de la tierra.

La eliminación de los subsidios en Nueva Zelanda fue veloz y certera. No hubo una disminución gradual de pagos como se prometió pero no se cumplió bajo las reformas hechas en EE.UU. en 1996. El gobierno neocelandés sólo ofreció "subvenciones de salida" a aquellos agricultores que desearan cambiar de ocupación al terminar los subsidios.

El plan de Nueva Zelanda tuvo que enfrentarse a marchas de protesta frente al parlamento y a resistencia organizada por parte de los agricultores. A los argumentos de la oposición se sumaba la predicción del propio gobierno de que diez por ciento de los finqueros del país quebrarían; aún así, se eliminaron los subsidios y la agricultura neocelandesa nunca estuvo mejor.

El año pasado, los Agricultores Federados de Nueva Zelanda, el gremio más importante del país, documentó en un reporte el impacto positivo de la eliminación de los subsidios y el crecimiento de la industria agricultora desde entonces. Aunque los precios de la tierra cayeron inicialmente, para 1994 ya se habían recuperado y hoy permanecen altos. La gran cantidad de bancarrotas que muchos esperaban nunca ocurrió; sólo un 1 por ciento de las fincas han quebrado.

Mientras tanto, el valor de la producción agrícola de Nueva Zelanda se ha incrementado en un 40 por ciento en términos constantes de dólar desde mediados de los 1980, y su participación en el producto total neocelandés también ha crecido de 14 por ciento antes de la reforma a 17 por ciento hoy. Desde que los subsidios se removieron, la productividad de la industria ha promediado un crecimiento del 6 por ciento anual, comparado con tan sólo un 1 por ciento previo a las reformas. La agricultura en Nueva Zelanda ha sacado "buenas calificaciones" de parte de productores que compiten en los mercados mundiales contra producción subsidiada en la mayor parte del resto del mundo.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) confirma que Nueva Zelanda tiene el sector agrícola menos subsidiado entre las naciones industrializadas, concluyendo que sus reformas "resultaron en una reducción dramática en la distorsión de los mercados. Los datos de la OCDE muestran que los subsidios a la agricultura representan solamente un 1 por ciento del valor de la producción agrícola de Nueva Zelanda y consiste principalmente de fondos para investigación científica. En contraste, los subsidios representan un 22 por ciento del valor de la producción agraria estadounidense.

Al verse forzados a ajustarse a nuevas realidades económicas, los agricultores neocelandeses recortaron sus costos, diversificaron el uso de la tierra, buscaron oportunidades de ingreso no relacionadas con la agricultura y alteraron la producción según lo indicaran necesario las señales del mercado-reduciendo el número de ovejas y aumentando la cantidad de ganado, por ejemplo. Una ayuda vino por el lado de los costos, a medida que cayeron los precios de los insumos, pues los proveedores no podían contar con los subsidios para inflar la demanda.

La lucha por más eficiencia también apoyó la protección ambiental a medida que la cultivación marginal que se hacía sólo para reclamar subsidios desapareció y cuando se dejó de despilfarrar fertilizantes al removerse el subsidio a éstos.

Los Agricultores Federados de Nueva Zelanda creen que la experiencia de su país, "demolió por completo el mito de que la agricultura no puede prosperar sin subsidios gubernamentales". Aún hay tiempo de revisar las cuentas agrarias de EE.UU. y demoler el mito en este país.

Traducido por Constantino Díaz-Durán para Cato Institute.